El ferry recorre las aguas que separan Staten Island de Manhattan. Desde estribor el cielo se mimetiza con el skyline de hierro, hormigón y vidrio de los rascacielos y éstos con las aguas de la Upper Bay porque todo está teñido de diferentes escala de grises… “Caperucita en Manhattan” dice que la isla se parece a un “jamón” con Central Park como un “pastel de espinacas” colocado en su centro pero… que yo los únicos jamones grises que conozco son los descompuestos o fermentados.

Cientos de turistas low cost, se empujan a un lado y al otro del barco para sacar la mejor foto sin pagar por el privilegio. En cabina, los trabajadores locales que hacen el mismo trayecto para ir o venir de sus empleos estiran sus cansadas piernas dentro del habitáculo vacío del barco, leen un libro o simplemente revisan su móvil, totalmente indiferentes a la jauría hambrienta de buenas selfies.

A la izquierda una señora verdeazulada, corroída y avejentada pero aún muy simbólicamente presente, recibe a los visitantes recordándoles cuál es el espíritu de la ciudad. La utopía de los pioneros que llegaron desde Europa y forjaron una nación tan poderosa que osaron desafiar a la madre y conquistar la independencia. La estatua está ahí, recibiendo al mundo y diciéndoles “¡Pónganse a mis pies, soy la dama de la libertad, recen por mí y serán bendecidos con ella!”.

Es el primer ícono que veo desde el ferry y en él está implícito todo el sueño americano, el sueño del ascenso imparable, de la conquista del territorio y la ciencia, del control sobre el tiempo y el espacio. Porque en Manhattan el espacio es continuamente destruido y reconstruido y el tiempo sucede a una velocidad que fluctúa entre la eternidad y lo efímero, entre lo infinito y lo inmediato. Nueva York pretende estar por encima del tiempo y el espacio, dominarlos o devorarlos.

Manhattan siempre fue la ciudad de los sueños, de las ilusiones y la esperanza, de las promesas de mejor futuro y libertad, el paraíso prometido. Una ciudad donde cabe lo fantástico -real o imaginario-  expresado en el derecho de los hombres a la aventura, a la libertad, a lo maravilloso y hasta lo inexplicable.

Toda esa ilusión de libertad contrasta con obras literarias, cinematográficas o pictóricas y críticas estéticas o arquitectónicas: distopías o anti-utopías donde la ciudad es representada como una cárcel, una aplanadora que subsume a los individuos en una masa oprimida, tan alienada que no se da cuenta de su falsa libertad; o en versiones aún más apocalípticas, la ciudad como el espacio donde las condiciones de vida son miserables, donde gobierna la violencia, la segregación o el terror.

Las ciudades han sido a lo largo de la historia un centro de atracción para los sujetos en busca de liberación y al mismo tiempo un lugar aterrador donde todas las pesadillas podían hacerse realidad. Las ciudades como el lugar de concreción de la autonomía personal pero también el espacio de difusión de las pestes y la muerte. Y Nueva York, como arquetipo de la ciudad moderna, evidentemente despierta reacciones encontradas. Lo que para muchos es la sociedad ideal, el paraíso al cual aspiran, para otros es el paraíso perdido, una sociedad catastrófica, bélica, apocalíptica.

Llegué a Nueva York casi de casualidad en un viaje no planificado, sin expectativas, sin plan acerca de qué buscar o qué ver. Solo tenía las referencias obvias que cualquiera tiene acerca de la ciudad más conocida, más filmada y fotografiada del mundo. Solo había visto algunos films románticos, otros de ciencia ficción y leído algo de literatura. Por lo tanto, me disponía a dejarme llevar por el azar a ver con qué versión –utópica o distópica- me encontraba.

La pequeña ciudad -fundada por los holandeses, luego administrada por los británicos hasta la independencia- creció lentamente hasta el siglo XIX cuando la Revolución Industrial, el comercio en torno al puerto, luego los ferrocarriles y una inmigración en masa provocaron un crecimiento demográfico exponencial. Las pequeñas callejuelas y las precarias construcciones de madera comenzaron a ser insuficientes para albergar las numerosas actividades y una población en crecimiento.

Los dos hoyos se llevan la vida. No solo las vidas de quienes realmente murieron allí, también la vida tal y como se conocía hasta ese momento, hasta esos impactos. La vida antes y después del minuto en que las torres se desploman, un punto de inflexión en el imaginario colectivo norteamericano: la destrucción ya no es ficción es realidad, la destrucción ya no ocurre lejos y a personas diabólicas, ocurre dentro, al interior de las torres, al interior de las vidas perdidas, al interior del hogar, al interior de sus certezas, de sus sueños, de su omnipotencia.

Los dos hoyos no solo expresan lo efímero de la arquitectura, del cemento y el hierro esculturizados; también expresan lo efímero del poder que allí habitaba. La vulnerabilidad y fragilidad del imperio del dinero y la tecnología, esa anti-utopía de Bloch. Pero, fundamentalmente expresan lo efímero de la vida y al mismo tiempo muestran que lo único invaluable, lo único realmente trascendental justamente por efímero es la vida.

El 11-S representa un continuom entre las facetas culturalizada y violenta de todo ser humano. El líder de los atacantes estudió arquitectura y urbanismo y en su tesis cuestionaba el modelo de los rascacielos occidentales, es decir los terroristas no eran seres extraterrestres eran humanos actuando en un extremo, en la faceta de lo siniestro que vive en todos nosotros.

Por eso también es un continuom entre aprendizaje y banalización. El Memorial puede despertar reacciones de cambio acerca de la tendencia a la guerra en el mundo o ser simples lamentos fugaces y angustia intervenida por la seguridad de ser solo espectadores detrás del lente de nuestra cámara.